jueves, 20 de marzo de 2014

Las maestras de la República de Pilar Pérez Solano


Sólo por escuchar el testimonio de la mujer de la imagen, Hilda Farfante, merece la pena acercarse a ver Las maestras de la República. Lo triste es constatar que ella y su testimonio podrían haber sido el hilo conductor de un documental que podría haber sido brillante e innovador (como ellas lo fueron). Y provoca más rabia, al comprobar el material tan poderoso del que se partía, las historias tan potentes, el cariño puesto y lo valioso de recuperar la labor de estas maestras de la República. Una labor de reconstrucción de la memoria histórica necesaria que va devolviendo poco a poco las historias de los que se quedaron sin voz o a los que se prefirió enterrar en el olvido.

Así Hilda Farfante recuerda su infancia en la escuela republicana de sus padres pero también el asesinato de ambos. Y cuenta de manera abrumadora cómo les taparon la boca a sus familiares y a ella durante décadas… Lo ilustra con una escena terrible: una niña, ella, corriendo y gritando que ahí están los que han matado a sus padres (porque no entendía por qué no podía nombrarlos y contar su pérdida)… Esa niña gritando asustada por la calle durante una celebración y corriendo a los brazos de su tía. Y esa tía con el corazón en un puño tapando la boca de la niña para que se calle y levantando la mano, delante de todos los testigos, a la vez que canta el Cara al sol, con lágrimas en los ojos, tragándose su orgullo. Hilda Farfante recuerda el miedo y la represión. Todavía llora pero a la vez dice que ahora puede gritar bien alto. Y que mientras pueda, va a seguir gritando.

Las maestras de la República es un documental necesario, testimonial, didáctico y correcto. Y sobre todo, los dos últimos adjetivos son su telón de Aquiles. Le falta una mirada especial. El espectador se queda con hambre de más. Pilar Pérez Solano se apasiona con el tema que tiene entre manos (que nace de un encargo de UGT Fete) pero no encuentra el tono adecuado o un punto de vista especial (no obstante ha sido galardonado con el Goya al mejor documental de 2013). Pese al orden cronológico a la hora de mostrar su material (orígenes, influencias, formación, instauración de la República y de su plan de enseñanza, desarrollo, guerra civil, represión, conclusiones y legado) falta sin embargo la chispa que le haga ir más allá.

Sobran las escenas recreadas de una maestra (una actriz) recorriendo los distintos espacios vacíos de una escuela (que pretende llenar los momentos de transición)… Las palabras de Josefina Aldecoa se pierden en el relato documental... Y es una pena porque la idea no es mala pero su resolución no está conseguida. Sí podría haber sido un buen nexo de los momentos de transición esos ecos de Historia de una maestra. Una novela que precisamente cuenta la historia de una de estas maestras y su experiencia tanto en las escuelas rurales como en las escuelas de una Guinea colonial (tema por cierto no tocado en el documental… pero es imposible abarcar todo, sin embargo, ahí hay otro hilo donde tirar). Pero para un espectador que quizá no conozca nada sobre el tema, ni tenga referencia de la novela, no puede enterarse de dicho discurso oculto si no se queda al final de los créditos y lee el nombre de Josefina…

Sobran un exceso de intervenciones de varias catedráticas que al final resultan repetitivas y faltan más testimonios de familiares de estas maestras (sus testimonios atrapan). Algunos de los materiales tanto sonoros, como de imagen o fotografía son valiosísimos pero falta una manera de unirlos, presentarlos de manera atractiva, de darles un sentido más allá del testimonial (falta el crear un ensayo de imágenes).

El documental realiza un repaso y muestra los antecedentes pedagógicos, la culminación del proyecto educativo, su puesta en marcha, habla de las protagonistas, de sus relaciones con sus compañeros, de su trabajo en la ciudad y en el mundo rural, su compromiso, de su independencia y modernidad… Narra la represión que sufrieron y el ostracismo que vivieron después de la Guerra Civil, así como hace hincapié en su legado tanto ideológico como pedagógico que se une a una defensa necesaria de una escuela pública en el presente. Esboza muchas buenas ideas (fragmentos interesantes como la revolución que llevaron a cabo estas maestras en la forma de vestir, de cortarse el pelo, de relacionarse, de entrar en la vida pública y en cargos de responsabilidad…) pero, de nuevo, falta esa chispa especial aunque logra provocar un ‘hambre’ de indagar más...

Otra clave interesante de Las maestras de la República es unir el legado de estas mujeres y el sistema educativo en el que creían con el presente de la escuela pública (hubiese sido otro punto de partida interesante) y cómo se encuentra en peligro este modelo. Además se hace hincapié en que durante la Transición, no se recuperó el modelo educativo que se instauró durante la Segunda República. Hay una frase, que aporta una de las catedráticas, que recoge la esencia del sistema educativo que se fue armando durante ese periodo histórico y que debería tener una vigencia actual: “Más escuelas, mejores maestros”. Maestros formados, preparados y con vocación en escuelas públicas en buenas condiciones y con los medios necesarios para educar a los niños.



Isabel Sánchez

martes, 18 de marzo de 2014

‘Her’: oxitocinas, unos y ceros





Si algo produce desasosiego al ver ‘Her’, la última película de Spike Jonze, es la soledad inexorable a la que la tecnología y el estilo de vida actual abocan al ser humano. Lo que, en principio, debería ser un aliado para no perder el contacto con las personas más cercanas o, incluso, para conocer a otras tantas que no se mueven en nuestros ámbitos, puede acabar convirtiéndose en una especie de trampa, que nos aísla y nos recluye en nuestro mundo interior.




Y es en este punto, en un futuro indeterminado pero, suponemos, próximo, en el que Spike Jonze recrea su película. Una película que tiene más de profética que de ciencia-ficción. Thedore (un hípster Joaquín Phoenix) es un redactor de cartas que intenta sobreponerse a la soledad y la añoranza tras su ruptura sentimental con Catherine, su novia de toda la vida, que ocurrió hace apenas un año. La instalación de OS1, un sistema operativo artificialmente humano, en sus dispositivos, le descubre una nueva dimensión del amor. En Samantha (el nombre que adopta este software ‘encarnado’ en la sensualísima voz de Scarlett Johansson) Theodore encuentra a una amiga graciosa, divertida, ingeniosa, inteligente y sexy, a la que “contar cualquier cosa”. La incógnita es: ¿puede una relación intelectual ideal, pero diseñada con unos y ceros, convertirse en el amor verdadero?

Ganadora del Oscar al mejor guion original, en realidad el argumento de 'Her' no sorprende tanto por novedoso (cualquiera que haya visto la serie Black Mirror, en especial, el capítulo ‘Be right back’, coincidirá en que la idea no es del todo original) como por su calidad para llenar dos horas de metraje con las emociones, sentimientos y complejidades psicológicas y sociales a las que se enfrenta un solo personaje que, en realidad, representa a toda una sociedad hiperconectada.

El peso de toda la película recae sobre Theodore, posiblemente el mejor papel defendido hasta la fecha por Joaquin Phoenix, que durante años ha tenido que luchar contra el estigma de ser, ante todo, el hermano de un gran actor, River Phoenix, fallecido hace ya veinte años. Sus misivas, escritas a personas que no conoce, por encargo de sus clientes, descubren a una persona sensible, que encuentra en su trabajo esa habilidad para comunicarse que no supo cultivar en su propia vida (“Catherine está enfadada porque escondí mis sentimientos”, explica en una de sus conversaciones con Samantha). En un ejercicio de interpretación memorable, Joaquín Phoenix (que, en realidad, se llama Leaf, es decir, “Hoja”, un nombre bucólico, como el del resto de sus hermanos: River, Rain, Liberty y Summer) transmite la felicidad de sentirse acompañado en planos en los que le vemos sonreír solo ante una puesta de sol e interpreta la paradoja de experimentar deseo y emociones reales por una compañera que no está, que no toca, que no huele. Y que lo deja solo ante la cámara.

La estética visual y sonora (con la fotografía casi hipnótica de Hoyte Van Hoytema y Arcade Fire a la cabeza de su banda sonora original) crea esa atmósfera mística, a veces livianamente 'instagramer', en la que la oxitocina trasciende barreras físicas y éticas. En esta dimensión incorpórea, la música adquiere la categoría de lenguaje extrasensorial entre humanos y máquinas y protagoniza también algunos de los momentos potencialmente más emotivos de ‘Her’.

Sólo quince años separan esta relación de la que Meg Ryan y Tom Hanks mantuvieron a través de su correo electrónico a finales de los noventa en ‘Tienes un email’. Entonces aquello parecía algo casi rocambolesco, pero sólo hay que mirar a nuestro alrededor para comprobar que, entre otras cosas, hoy en día internet también es una suerte de Celestina moderna. ¿Quién puede garantizar que la historia de este Romeo y esta Julieta de la era digital retratada por Spike Jonze no sea sino la antesala del amor del siglo XXI? 


Algunas citas de Oscar: 

“El pasado es una historia que nos contamos a nosotros mismos”
“El amor es una locura socialmente aceptada”
“¿Son reales estos sentimientos o son solo programación?”
“Nuestra existencia es pasajera. Quiero permitirme la alegría”
"Siento que no voy a sentir nada nuevo, sólo versiones peores de lo que ya he sentido"
Samantha a Theodore: “El corazón no es como una caja. Cuanto más amas, más grande es. Somos diferentes”
Theodore a Catherine: “Me ayudaste a ser quien soy. Eres mi amiga hasta el final”.

Tamara Vázquez




jueves, 13 de marzo de 2014

Oh, boy



La crueldad que puede llegar a alcanzar el ser humano está contenida en las cinco siguientes palabras: “¿Qué quieres ser de mayor?”. El limbo en el que cae el joven veinteañero tras finalizar su carrera, master, ciclo o similar, es quizás uno de los lugares más incómodos en el que se puede encontrar una persona tanto a nivel físico como a nivel mental. Una vez realizados los estudios obligados (por fuerzas superiores o por uno mismo) y tras buscar trabajo, encontrarlo o no, y ver cómo continúa la vida siendo consciente de que el desarrollo de la misma no va a deparar ninguna otra gran sorpresa, ¿qué opciones quedan? ¿Es eso lo que se buscaba? ¿El objetivo está cumplido? Encontrar una respuesta a esa pregunta, llena de ironía y desprecio, que mencionaba al inicio de este párrafo puede llegar a ser el mayor temor del peor de los monstruos, como probó “Monstruos University” aunque muchos prefirieron ver (quizás en auto-defensa) una simple película de estructura deportiva. A pesar de que la contestación a esa pregunta llena de frustración y rabia suele ser “profesor”, “astronauta”, “actor” o similares, con el tiempo todos acabaremos descubriendo que la respuesta más precisa posible era simplemente “adulto”. O a lo mejor para los más ambiciosos, como para el debutante Jan Ole Gerster, “feliz”, como defiende en su fenomenalmente agria ópera prima “Oh boy”.

Quizás uno de los mayores defectos de “Oh boy” es una de sus mayores virtudes y es que podríamos estar hablando de una película demasiado generacional. Y recalco el quizás porque solamente en este último año varias películas han sido protagonizadas por personajes con el mismo conflicto que tiene Niko Fischer, figura sobre la que gira esta película alemana. Llewyn Davies (“Inside Llewyn Davies”), Frances Ha (“Frances Ha”) e incluso Gary King (“This is the end”) son tres de ellos. Quizás la incomprensión que puede sufrir Niko en determinados espectros del público está causada a que los anteriores personajes citados tenían una clara razón de su crisis, reconocible a un nivel universal. Llewyn tenía la mezquindad, Frances la ingenuidad y Gary la nostalgia. Exceptuando un factor capital en esta película como es el azar, Niko Fischer casi se entrega a una corriente que le va moviendo de un lado a otro sin hacer demasiado esfuerzo por evitar los problemas que van apareciendo en su misma dirección. La incapacidad por la que se define Fischer va ligada a un vacío vital quizás demasiado relacionado con una generación muy concreta que puede entender mejor (y no necesariamente compartir) sus particulares tribulaciones. Significativa es la secuencia que comparte Niko con su padre en un campo de golf en la que gran parte del público (considerablemente mayor que el protagonista de la película) reía e incluso llegaba a jalear a la figura paterna demostrando una incomprensión hacia el protagonista solo comparable a la falta de empatía del progenitor.

Todos los personajes (de diferentes generaciones) con los que comparte película Niko tienen una excusa sobre la que sustentan su disconformidad con la vida que les ha tocado vivir. Todos menos él. Jan Ole Gerster no oculta que su gran referencia e influencia a la hora de abordar esta película ha sido la Nouvelle Vague, y no resulta descabellado pensar que Niko es una actualización (o continuación) resignada del Antoine Doinel de “Los 400 golpes”. El personaje interpretado por Tom Schilling quizás representa esa teoría que defiende que a lo mejor a las últimas generaciones les falta vivir una gran catarsis que les ayude a ser consciente de con qué cuentan. Lo más cercano a una catarsis que padece Niko, en esta película dotada de un humor incómodo que casa perfectamente con la atmósfera de la misma, está provocada por un anciano ebrio con nostalgia de tiempos pasados (volvemos a Gary King). Y digo lo más cercano porque se nos priva acertadamente de averiguar si es efectiva. Lo único que queda claro es que Niko por fin ha podido tomarse ese café que tanto ansiaba. Aquellos factores que le impedían tomárselo ya han desaparecido. El autor de la película, el destino, alguna deidad o quien quiera escoger cada espectador ha decidido librarle de esos obstáculos. Ahora todo está en sus manos. Podrá disfrutar de un completo libre albedrío. Del próximo movimiento será enteramente responsable. Si es que decide hacer alguno.

Aron Murugarren

martes, 11 de marzo de 2014

Infelicidad en familia



La frase con la que empieza Ana Karenina se cuela subrepticiamente en el pensamiento del espectador de ¿Qué nos queda? a poco que la recuerde. Es inevitable que una idea tan sombría se abra paso en cuanto se conoce a los Heidtman.

Lo que parece una tranquila reunión familiar, aprovechando que el hijo mayor, poco pródigo en visitas,  ha venido a ver a sus padres, se verá alterada cuando, Gitte, la madre anuncia cierta decisión que ha tomado.

Esta sinopsis es intencionadamente corta y críptica visto que ni el guionista, Bernd Lange, ni el director, Hans-Christian Schmid pierden un minuto de los ochenta y cinco que dura la película en describir ni en dar explicaciones: serán las acciones, las conversaciones y los silencios de los personajes a partir del anuncio de Gitte, los encargados de mostrar al espectador, no sólo lo que ocurre, sino lo que arrastran consigo.

Con un estilo sobrio y directo y con la cámara como testigo incómodo de conversaciones, idas y venidas de los Heidtman, Schmid compone una sucesión de escenas de indiscutible fuerza entre las que destacan la larga y formidable secuencia de la canción al piano y la comida en la que la madre se hace oír  y en la que ningún movimiento, gesto o palabra, delata lo que no obstante al espectador le queda claro: que la “base sólida” sobre la que aparentemente se asentaba esta familia se ha roto y la fractura es irreparable.

Si se piensa en los excesos de otra reunión reciente como Agosto, la frialdad con la que los hombres Heidtman encaran determinadas situaciones puede desconcertar y achacarse al arquetípico carácter germánico pero lo cierto es que encaja: han  aprendido a poner distancia ante el dolor y sepultado sentimientos y emociones bajo capas de apariencia que Schmid permite que se destapen lo justo.

Pueden no ser entendidos pero Marko, Jakob, Günter y Gitte no deberían ser juzgados. Tolstoi tiene razón y ¿Qué nos queda? es lo último en confirmarlo.


Ana Álvarez

sábado, 8 de marzo de 2014

Philomena, Stephen Frears


Philomena y el sentimiento de culpabilidad católico

En los últimos años es fácil abrir un periódico, o ver en las noticias de televisión temas de pederastia y niños robados en el seno de la iglesia católica. De madres que buscan a sus hijos arrebatados generalmente por monjas diabólicas o codiciosas,  o por médicos sin escrúpulos, madres desconsoladas que ahora amparadas por la justicia, los medios de comunicación y las redes sociales retoman esa búsqueda con más fuerza para poder abrazar por primera vez a esos hijos que les quitaron sin ninguna piedad o compasión al nacer y poder explicarles su “abandono”. Hemos visto un ejemplo muy reciente y cercano en Telecinco con la tv movie “Niños robados”.

 Basado en una historia real, Philomena Lee (Judi Dench) es una de estas madres, y el día del 50 cumpleaños de su hijo robado, Anthony, se desmorona y confiesa su pecado y posterior pérdida a su hija. El destino les hace encontrarse con Martin Sixsmith (Steve Coogan) un despechado político que en su forzado retiro se tiene que decidir entre escribir esa novela de historia rusa que no interesará a nadie, o en ayudar a esta pobre mujer de clase baja irlandesa. Se decide por esto último, por “una historia de interés humano” que le permita volver sus raíces de periodista y sobre todo, volver al candelero.

“Le perdono”, dice Philomena en su reencuentro con la monja causante de su desgracia, una anciana en silla de ruedas pero que con la misma maldad y prejuicios de entonces le sigue reprochando justiciera su pecado y su indecencia. Martin le recrimina sin comprenderlo ese perdón, a lo que Philomena contesta que aunque no sea fácil para ella, no quiere estar llena de odio como él, porque no le gusta odiar. Esta misma monja, Sister Hildegarde, fue la que al verla embarazada en su adolescencia le preguntó  sobre lo fácil que le había resultado entonces bajarse las bragas ante el primer hombre que se lo pidió.

Philomena, una mujer religiosa, ve su desliz de adolescencia como un pecado, así se lo hicieron entender su padre abandonándola avergonzado en el convento, y las monjas que la acogieron y la explotaron durante años como penitencia, y así trató de ocultarlo toda su vida hasta que no pudo hacerlo por más tiempo. Es inevitable sentir ternura por esta mujer que se ríe de Martin que ha estudiado en Oxbridge (mezcla de Oxford y Cambridge) y al que no le hace gracia ese término “peyorativo” que en realidad Philomena utiliza completamente por puro desconocimiento del nombre real de la universidad. De esta mujer que charla animadamente sobre lo bonito que tiene que ser Chihuahua con el mejicano que le hace la tortilla del desayuno en el hotel, o que confiesa a Martin que no sabía que tenía un clítoris y que disfrutó plenamente del sexo con el padre de su hijo Anthony, quizá esa fue la única vez que lo hizo libremente, sin carga de culpabilidad.

El viaje en la búsqueda de su hijo les lleva al convento en Irlanda donde pasó su adolescencia y donde se crió su hijo con las monjas hasta que lo dieron en adopción sin el consentimiento de la madre. Las monjas se aprovechan de la bonhomía y de la fe de Philomena y la mandan a casa con cajas destempladas y convencida de que eso es lo correcto. Presionada por Martin y al averiguar que las adopciones eran realmente compras de bebé por ricos americanos, cruzan el charco y prosiguen con su tarea.

Las diferencias entre la educación de ambos provoca escenas muy tiernas y divertidas, que hacen que un tema tan desagradable nos arranque sonrisas. Estas escenas son típicas de la filmografía de un director que siempre sabe sacar lo mejor de cada uno de sus actores, en su cotidianidad y aquí no es una excepción. Historias reconocibles y humanas que van a mantener nuestro interés. Stephen Frears tiene una filmografía muy rica y variada, particularmente me decanto por sus primeras películas, destacando: “mi hermosa lavandería”, “la camioneta”, “café irlandés”, “los timadores”, “las amistades peligrosas”, o “alta fidelidad”. No es su primera colaboración con Judi Dench, a la que ya dirigió en “Mrs. Henderson presenta”. La primera vez que vi en la pantalla grande a esta gran dama de la interpretación fue en “Una habitación con vistas”; conocida por el gran público por su papel de “M” en la Saga Bond y por el Oscar conseguido por su actuación de 8 minutos en “Shakespeare enamorado”. Tiene en su haber destacables y muy variadas interpretaciones en: “Iris”, “Chocolat”, “Nine”, “Jane Eyre”o, “el exótico hotel Marigold”. Martin es interpretado por un irónico Steve Coogan, aquí también guionista y productor, conocido por sus doblajes de personajes animados, el año pasado en “Gru, Mi villano favorito 2”  y sobre todo por su personaje de Alan Partridge en el show del mismo nombre y visto recientemente en “¿Qué pasa con Maisie?”.

Para los que tenemos cierta edad, todavía nos cuesta quitarnos de encima ese sentimiento de culpabilidad católico con el que nos hemos educado, el hecho de que no merecemos las cosas buenas que nos pasan y cuando sí nos pasan, miramos a ambos lados esperando a que algo malo venga a continuación. Ya lo dijo Woody Allen en boca de su Danny Rose- en Broadway Danny Rose: “Es importante sentirse culpable. Yo me siento culpable siempre y nunca he hecho nada". Aunque si Philomena es capaz de encontrar esa paz que busca, nosotros también podemos, sin culpabilidad ni remordimientos.
Pilar Oncina

viernes, 7 de marzo de 2014

La vida al peso


 
La pasión por hacer cine existe por el deseo de un espectador por verlo, por vivir esas otras vidas, conocer esos otros lugares y transitar por los más lejanos y admirables escenarios. Sin embargo, la senda del entretenimiento no siempre es la transitada y son muchos los directores que ven en este arte el arma perfecta para acercar al espectador a territorios que le incomodarán en el confort de su asiento. Danis Tanovic se toma esto muy en serio en La mujer del chatarrero llevándonos a su Bosnia natal y nos hace partícipes de su indignación ante la indiferencia de un país, todavía en plena reconstrucción una década después de la terrible guerra de los Balcanes, por quienes pagan caro el precio de la marginación.
El mensaje más claro es el que se construye con menos piezas, y Tanovic, alejado de cualquier artificio narrativo o floritura estética recrea sin dramatismos la odisea por sobrevivir en el estado del bienestar de una familia de etnia gitana que vive en algún recóndito y nevado paraje de Bosnia y Herzegovina. Senada está embarazada, o en realidad ya no, los dolores de la madre de familia les llevan a salirse de su universo de autosuficiencia para acudir a los servicios públicos. Tras diagnosticarla un aborto natural, Senada y su marido Nazif deambulan por la burocracia médica para que se le efectúe el legrado necesario para salvar su vida, pero la ausencia de tarjeta sanitaria y la desorbitada cantidad de dinero que les piden hace imposible el acceso a la operación. ¿Les suena de algo? Prepárense para ser testigos de cómo la decrépita sociedad del bienestar legaliza la cotidianidad de la marginación y pone la realidad al servicio de la más terrible ficción.
Tanovic se encontró con esta noticia en la prensa local de su país, y tras conocer a la pareja protagonista decidió que fuesen ellos mismos quienes se reinterpretasen en la gran pantalla. Él sólo coloca la cámara delante de los protagonistas  y registra su día a día haciéndonos sentir uno más de su familia, recuperando así la memoria del cine neorrealista abordado por maestros como Rosellini o Vittorio de Sica. A mitad de camino entre la ficción y el documental somos testigos de la ardua tarea de sobrevivir de esta familia en su día a día; Senada limpia, cocina y lava la ropa a mano, y Nazif recoge chatarra en paramos desolados para poder pagar la luz y hacer que sus dos hijas pequeñas sonrían viendo los dibujos en una televisión que emite una señal defectuosa.
El director serbio consiguió en 2001 el Oscar a la mejor película extranjera y diversos galardones internacionales con su debut en la gran pantalla En tierra de nadie, hecho que a buen seguro ha facilitado la distribución de La mujer del chatarrero y evitado que pasase como un drama social más haciéndose con el Gran Premio del Jurado y el premio al Mejor Actor para Nazif Mujic en el Festival de Berlín de 2013.

La miseria cotidiana de esta laboriosa familia deja al espectador asfixiado ante un paraje tan desolado y frio solamente caldeado por unos lazos de solidaridad entre los que menos tienen que ya querríamos para nosotros mismos. El futuro sigue siendo incierto, pero la realidad sigue adelante y solo queda seguir luchando, sin épica, sin ademanes.
 
 
Marta Alonso

martes, 4 de marzo de 2014

Al nacer el día (Kad svane dan, 2012) de Goran Paskaljevic


Una mujer absolutamente desolada, que vive en condiciones nefastas en un lugar siniestro de Belgrado, le dice al profesor de música Misha Brankov (Mustafa Nadarevic), protagonista de Al nacer el día, que tiene que regresar a ese mismo lugar en invierno, cuando caiga la nieve. Le cuenta, con unas lágrimas que recorren su rostro, que no se piense que ese lugar siempre es tan horrible… cuando está cubierto de nieve es tan bonito como un cuento de Navidad. Y eso es lo que hace Goran Paskaljevic, se convierte en un fabulador para traernos su particular versión de un cuento de Navidad como si fuese un Dickens del siglo xxi.

El lugar siniestro y abandonado, donde ahora malviven los olvidados (los más marginados de Belgrado), es el antiguo recinto ferial que se inauguró en 1937 y pronto se convertiría en el campamento Semli  donde empezó a perpetrarse la ‘solución final’ con judíos y gitanos… Ahí se pusieron en marcha los camiones ‘chupa almas’… cámaras de gas portátiles que luego se construirían a gran escala en los campos de exterminio como Auschwitz. Y ese lugar siniestro es descubierto y mirado en 2011 por el profesor de música, que de pronto, tiene que reconstruir su identidad perdida.

El director serbio cuenta una fábula emocionante pero tremendamente pesimista. Al igual que en La otra América sólo encontraba una salida para sus dos protagonistas y era dejarles en un final imposible donde entraba la magia en un relato tremendamente realista; en Al nacer el día Misha Brankov, el profesor de música, recupera el pasado en una escena  sencilla y hermosa pero demoledora. Es otro final imposible.

Siguiendo la similitud con un cuento de Navidad, el profesor de música realiza su particular viaje al pasado, él mismo es el fantasma del presente (donde comprueba que el ser humano nunca aprende y que además de egoísta siempre olvida) y no vislumbra el futuro porque las expectativas son oscuras…

La fábula arranca con la jubilación del profesor y con la llegada de una carta a su hogar: solicitan que vaya al museo judío de Belgrado para hacerle entrega de una caja. Esa caja ha sido encontrada durante las excavaciones de unas cañerías en el antiguo recinto ferial. De pronto Misha Brankov se queda sin pasado y sin identidad al descubrir que en realidad fue adoptado y que sus verdaderos padres terminaron en el campamento de Semli. Ahí en esa caja encuentra una historia desconocida: una fotografía, una carta dirigida a él y una partitura inacabada (su verdadero padre era músico como él) titulada Al nacer el día. Su padre le cuenta en la carta que es la música que escucha en su cabeza en el campo… De pronto esa melodía inacabada se convierte en la obsesión del maestro, el único punto de unión con su historia, su pasado y sus padres. Así comienza el viaje particular del maestro a la búsqueda de su identidad verdadera.

Misha Brankov al tratar de recuperar su pasado, se choca desolado con el presente que le rodea y el futuro que espera agazapado. Y tristemente comprueba que estamos en tiempos oscuros y que se encuentran latentes actitudes que permitieron el horror y el nazismo que arrebataron su historia, su identidad y su memoria.

Goran Paskaljevic rueda con emoción contenida, con colores cálidos —con un predominio de los amarillos, marrones y ocres— en contraste con los blancos suaves de paisajes nevados (también simbólicos), y sigue siempre el rostro de Misha que va descubriendo con nosotros no sólo su identidad sino su visión pesimista sobre el presente. Con ritmo pausado y fundidos en negro, la fábula avanza hasta alcanzar una emoción que remueve. Así el músico observa a los nuevos olvidados (gentes desesperadas por los desahucios, refugiados viviendo en condiciones ínfimas, ancianos solitarios que arrastran historias tristes como hijos únicos perdidos en guerra reciente…) y a esos grupos humanos sobre los que se sigue derramando un odio irracional (los gitanos). Así el descubrimiento más triste es comprobar que la melancolía de esa partitura inacabada que invoca a los muertos, sigue poniendo banda sonora al presente, desolador. Y que esa melodía sólo es respetada, escuchada y tocada por los olvidados, por los excluidos de la sociedad…


Isabel Sánchez

sábado, 1 de marzo de 2014

Cuando todo está perdido

 

CUANDO TODO ESTÁ PERDIDO

Robert Redford tiene 77 años y una larga y exitosa trayectoria profesional como actor, director y fundador del más conocido festival de cine independiente. Podría gozar en su rancho de Utah de un merecido descanso pero, lejos de apoltronarse en la merecedora de su porche (siempre imagino los ranchos como los de las películas del oeste), ha aceptado un papel cuya interpretación recae en la acción, el esfuerzo físico, la gestualidad y poco más de tres frases. Este hombre, del que ni siquiera conocemos su nombre, sufre un accidente cuando navega en solitario en su velero y acaba en el interior de una balsa de goma en mitad del océano. Empeñado en sobrevivir, no desfallece en ningún momento ni permite que la desesperación o el derrotismo le hagan mella. Y todo lo que sabemos de él es que no le faltan valor ni recursos y que ha escrito una carta de despedida que tiene también mucho de disculpa. El director J.C. Chandor opta por no dar más información y se arriesga a que el espectador identifique al célebre actor con su personaje y solo vea en su segunda película (la primera fue la apreciable Margin Call) la odisea de Robert Redford metido a náufrago. La metáfora sobre la crisis que ha apuntado en alguna entrevista y la posibilidad de que su protagonista sea uno de esos ejecutivos que propiciaron el estallido de la burbuja y sobre los que trataba la ya mencionada Margin Call o bien, una de sus víctimas, queda demasiado desdibujada. Las lecturas son muchas (incluso hay quien ha visto en esta aventura un claro reflejo de las dificultades por las que están pasando los trabajadores autónomos en nuestro país y el estoicismo con que se enfrentan a ellas) Dada la entereza del personaje y esa misiva que tira al mar en un frasco de cristal, me dio por pensar que quizás estaba ante las desventuras de un suicida cuyo plan se va al traste por culpa de un contenedor a la deriva y que, lejos de resignarse, se empecina en vivir para poder morir cómo y cuando le de la gana. En un bello plano final, similar al que Jane Champion rodó para El piano, nuestro hombre (así aparece mencionado en los créditos) debe tomar una decisión con la superficie del mar como cielo y, ahora sí, cuando todo está perdido.

 Bien rodada y bien interpretada, no aburre pero tampoco deja poso. Al igual que su protagonista, la película es sobria, contenida, un poco fría pero también interesante y con cierto halo de misterio.  

 Almudena Ramos.